Ebook Tapa dura noche de tentación érika gael

Dos seres extremos,
seis mil años de cuentas pendientes
y un verano en París para saldarlas todas.

Conoce la historia de amor que hará temblar los cimientos de nuestro universo.

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Primeros capítulos

Capítulo I – El Cielo

Principios de Verano.
5900 años después de la caída.

—¡Angélica!

Se despertó sobresaltada. Una vez más.

El grito, presente sólo en su pesadilla, resonó unos segundos en su mente antes de resbalar por las paredes de la habitación y esfumarse en un charco de malos recuerdos sobre el suelo.

Los jadeos no se fueron tan pronto; tardaron algunos minutos en desaparecer. Era su voz, y sonaba tan desgarradora en sueños que, casi seis mil años después, aún la hacía estremecerse…

Su excelencia la Duquesa Angélica, arcángel de la Tercera Esfera, Guardiana Sagrada, se secó el sudor de la frente con la precisión habitual y trató de infundirse calma. Había aprendido a recuperar el sosiego con rapidez a costa de años de experiencia. Más tranquila, se levantó y se dispuso a comenzar una nueva jornada lejos de esa cama donde hallar la paz se convertía cada noche en una quimera.

Después de asearse, se vistió con una túnica limpia y almidonada y se sentó livianamente frente al escritorio. Afiló y ordenó la hilera de lapiceros uno a uno; recogió algunos esquivos desperdicios de papel de la jornada anterior; abrió su cuaderno por una página en blanco y lo situó en un perfecto paralelo respecto a la tabla de madera. Incluso se permitió el lujo, con la mirada perdida en el vacío de su austera habitación, de emitir un bostezo, breve pero sonoro, mientras replegaba y desperezaba sus alas onduladas.

Mucho más despejada, comenzó a trabajar.

No había hora de luz que Angélica no pasara transcribiendo actas asamblearias recluida en su pequeño cuarto del Alcázar Central: un cubículo de apenas tres metros cuadrados, paredes sencillas y decoración espartana, donde el único mobiliario lo constituían una estrecha cama sin cabecero, una mesilla de noche coronada por un quinqué, un armario de madera con dos puertas de espejo y el mismo escritorio de pino frente al que se encontraba ahora.

Transcribía porque, le habían dicho, era una lástima que una caligrafía tan hermosa se viera desperdiciada. En su fuero interno, ella nunca dudó que dicha tarea fuese más bien una treta para mantenerla ocupada y encumbrar su autoestima. Eran tantos hermanos, y había tan poco con lo que entretenerse allí arriba, que la Asamblea Celestial había optado por otorgarles, a ella y a los demás ángeles femeninos, puestos puramente simbólicos, mientras que los varones desempeñaban los asuntos importantes. Fuera de las horas de oración y pleitesía, el tiempo en su mundo transcurría lento, muy lento, y cualquier labor, por nimia que ésta fuera, era recibida con júbilo y casi desesperación. Angélica suspiró con gesto aburrido; de hecho, lo que había comenzado como un trabajo anecdótico había terminado por convertir a la arcángel en el más complaciente y manejable procesador de textos que Sus

Excelencias pudieran llegar a necesitar.

La mañana transcurrió sin contratiempos —¿acaso cabía alguna duda al respecto?—, hasta que, al mediodía, una notificación de la Asamblea hizo acto de presencia en su dormitorio, lista para descerrajar su rutina. La arcángel la recibió de manos de un mensajero, un ángel menor de complexión menuda y sonrisa perpetua.

—Buenas tardes, hermana —la saludó con una ligera inclinación de la cabeza mientras le tendía un sobre lacrado—. La Asamblea le envía esto con carácter urgente.

Angélica cogió el pliego de papel con delicadeza. Extrañada, hizo memoria; hasta donde ella sabía, no estaba prevista ninguna reunión para ese día.

—Gracias, Zuriel. ¿Esperan respuesta?

La sonrisa del mensajero se nubló.

—No lo sé, creo que no. Su hermano sólo me indicó que debía leerlo cuanto antes. Usted sabrá qué hacer, Su Excelencia.

—Por favor, no me llames así. Resulta… cargante, y absurdo.

—Pero… Usted está por encima de mí, hermana. Es una arcángel. Le debo respeto.

Ella frunció el ceño. Ése era el tipo de detalles que tanto agradaban a Gabriel y que a ella solían sacarla de quicio.

—Olvida esas tonterías. Nadie está por encima de nadie. Somos hermanos, ¿de acuerdo? —su convicción logró que Zuriel recuperara poco a poco la sonrisa, a pesar de que, en su interior, ese innovador concepto de las jerarquías no estuviera aún del todo claro—. Puedes avisar a Su Excelencia —añadió con retintín— que ya he recibido el mensaje y que acataré cualquier orden que tenga a bien dictarme.

Como siempre, pensó de forma fugaz mientras cerraba la puerta tras el muchacho.

Una vez a solas, observó el inquietante pliego cerrado un rato más; quería posponer el inexorable momento de desdoblarlo y encontrarse sólo los astros sabían con qué. Lo toqueteó varias veces, intentando deducir su contenido en función de criterios tan banales como el peso o el grosor.

Si no hubiese tenido tantas ganas de romperlo en pedazos, puede que incluso se hubiera echado a reír. Ella, Angélica, el dulce y virtuoso ángel femenino, la pulcra y reverenciada gemela del arcángel Gabriel, al borde del pánico por un mensaje misterioso de su propio hermano.

El temblor progresivo en sus manos la obligó a dejar el papel sobre la mesilla de noche. Pero no. Tampoco allí parecía menos amenazante.

Se obligó a serenarse. Por el amor del Cielo, no existía ninguna explicación racional que justificara semejante pérdida de papeles ante un acontecimiento tan anodino como recibir una carta; las comunicaciones entre la Asamblea y el resto de criaturas celestiales eran frecuentes. Además, la tarde anterior había coincidido con Gabriel a la hora de la cena, y éste se había comportado como el hermano protector y cariñoso que era. Desde un punto de vista objetivo, no existía ni una sola evidencia de que el contenido de aquella misiva fuese a perjudicarla de algún modo.

A pesar de eso, Angélica estaba hecha un manojo de nervios. Todas sus apropiadas conclusiones podían irse de cabeza al cubo de la basura, y ella sabía muy bien por qué.

Su caprichosa memoria voló lejos de allí, de visita a otra Angélica lejana e irreal. Durante un tiempo, remoto y oxidado como el almagre, su existencia había sido muy diferente. Ella había sido muy diferente.

Barajas de naipes esparcidas entre néctar y sonrisas furtivas. Charlas improcedentes hasta el amanecer. Aquella sensación de libertad. Aquella omnipotencia desleal pero abrumadora… Planes truncados.

Besos.

Angélica dio un suave respingo, y todos sus borrosos recuerdos se evaporaron como el humo de una vela recién apagada. Tenía que desterrar todo aquello. Tenía que lograrlo. En una ocasión, la infinita piedad de su gemelo la había salvado de un castigo inminente y más que merecido. No les honraba, ni a él ni a su Creador, perder el tiempo en evocar la insensata conducta de una chiquilla alocada que no sabía lo que hacía.

Respirando con profundidad, se acercó de nuevo a la mesilla de noche y despegó el lacre con cuidado. En la cara interna del papel nadaban tres renglones caligrafiados a plumilla.

Tengo buenas noticias para ti. La Asamblea quiere que te presentes esta misma tarde en el Gran Salón. No te retrases; se trata de la oportunidad que hemos estado esperando. Te quiero.

Y, en la esquina inferior, la rúbrica de su querido Gabriel, encabezada por aquella g minúscula y cursiva que conocía tan bien.

Los pulmones de Angélica soltaron, de golpe, todo el aire que habían comenzado a retener en el momento en que Zuriel apareció ante su puerta. El peso que acababa de quitarse de encima la hacía sentir tan etérea como la pluma más corta y suave de su ala izquierda.

Todo iba bien. Los nubarrones negros se disiparon para mostrarle un horizonte despejado, tan níveo como el Universo que la rodeaba.

Todo iba estupendamente bien. Fuera lo que fuese aquello que quería comunicarle la Asamblea, sería algo maravilloso, juicioso y benevolente. Al igual que cada uno de sus miembros.

Se sintió estúpida y cobarde. ¿Cómo se le había ocurrido siquiera pensar lo contrario?

Emocionada por lo que habría de venir, se contempló en el espejo y se preparó para la cita. Sus cabellos áureos ondeaban a la altura de los hombros; sus ojos azules lucían brillantes y cristalinos. Limpios de toda culpa.

Ella era Angélica, la dulce y virtuosa arcángel a quien todos admiraban y respetaban; la gemela de Gabriel, cuyo afecto constituía, y constituiría siempre, su principal pilar. Era perfecta, tal y como la vida que tan venturosamente le había sido otorgada. Y eso, nadie podría cambiarlo.

****

El Gran Salón era la más amplia y diáfana de todas las dependencias celestiales. Su majestuosidad solía producir en Angélica una sensación contradictoria, a medio camino entre la grandeza y el miedo. Como si el mero hecho de encontrarse bajo su bóveda la convirtiese en parte de algo magnífico y, al mismo tiempo, no fuera más que carne de cañón a punto de ser engullida.

En esa ocasión, cuando el pórtico se abrió, un escalofrío recorrió su espalda desde las lumbares hasta el inicio de la nuca. Sus dedos, sudorosos, aletearon con disimulo; su respiración se entrecortó, pero mantuvo la compostura y confió en sí misma. Se situó justo detrás del ángel anunciador, quien le dirigió un guiño de calma. La voz cantarina de éste reverberó a través de cada segmento del techo.

—Su Excelencia la Duquesa Angélica —se encargó de presentarla ante la Asamblea y su audiencia—, arcángel de la Tercera Esfera, secretaria honorífica de esta Asamblea, Guardiana Sagrada, legítima sangre de nuestro muy amado hermano Gabriel.

Tantos títulos y tanta pompa, a los que no terminaba de acostumbrarse, la hicieron enrojecer. Sin embargo, cuando el mensajero se retiró y la dejó sola frente a la Asamblea, todo color desapareció de sus mejillas. La bóveda marmórea, seccionada por cordones dorados de escayola, emergió ante ella en todo su splendor, al igual que lo hicieron los enormes ventanales que, desde el suelo hasta el techo, se sucedían a través de los muros. El aspecto de la sala era vaporoso y sublime. Una gran lámpara de araña colgaba en el centro de la estancia despidiendo destellos iridiscentes, y columnas jónicas con cuerpo de listones se erguían en el espacio como nubes alargadas sobre un cielo despejado.

Sus pies, prácticamente descalzos en el interior de las sandalias, dieron un paso al frente. El silencio que se apoderó del Gran Salón era escandaloso.

—Sus Excelencias… —tartamudeó.

Angélica se sintió sobrecogida. El Coro Celestial en pleno estaba allí representado. A lo largo de las dos extensas filas de butacas que rodeaban el espacio central del salón, tomaban asiento delegados de las tres Esferas, hasta un total de tres por cada Orden. Al fondo de la estancia, encopetados tras un estrado de madera maciza, se hallaban las máximas autoridades, los representantes individuales de las Nueve Órdenes. Y allí, en esa misma tribuna y como portavoz de los Arcángeles, estaba Gabriel con una sonrisa henchida de orgullo.

Por ella.

Ese gesto fue suficiente para que toda la flaqueza de Angélica se esfumara. Que su hermano se sintiese orgulloso de ella valía más que cualquier don que la Asamblea tuviese intención de ofrecerle.

Convencida, se dirigió discretamente a Enoc, el poderoso entre los poderosos, el Príncipe entre los Serafines, quien ocupaba el asiento central.

—He sido solicitada por esta Asamblea y ante ella me postro. Estoy a su disposición —pronunció.

Enoc aprobó sus palabras con un leve asentimiento.

—Querida hermana, sé bienvenida a esta casa que también es la tuya —la fórmula, tan mecánica como la de un sacerdote en su iglesia, retumbó en los cristales por efecto de la gravedad de su voz—. Hace ya muchos siglos que te fue encomendada la tarea de servir a esta Asamblea, la cual has venido realizando cada día desde entonces.

Angélica no se movió, no parpadeó.

—He de decirte —prosiguió él—, que a todos los presentes nos resulta muy grato tu empeño y tu devoción en el trabajo. A lo largo de todos estos siglos —su protocolaria voz se dulcificó—, ni un día has fallado en tu tarea; ninguno de nosotros ha escuchado jamás una queja de tus labios ni has experimentado el más mínimo retraso en tus quehaceres. Siempre te has dedicado a aquello que se te ordenaba con rotunda abnegación.

Una punzada de placer brotó en su pecho, pero Angélica permaneció impasible. Aunque siempre resultaba agradable escuchar alabanzas, se negaba a que sus hermanos pudieran interpretar su emoción como vanagloria.

—Tan sólo me he limitado a velar por aquello que con tanta generosidad me fue concedido.

El serafín sonrió, complacido.

—Y no sólo eso. También hemos comprobado que tus virtudes no se limitan a tu desempeño en la Asamblea. Tu forma de conducirte a lo largo de este tiempo ha sido intachable —Angélica le dedicó una mirada fugaz a Gabriel, pero éste la esquivó. Si lo había hecho a propósito o no, no logró averiguarlo—. Eres un ejemplo a seguir, y todos te admiran por tu calidez y cercanía. Tu comportamiento es discreto y honrado; trabajas por el bien de la comunidad y de tu espíritu con el mismo esfuerzo con que te vuelcas en tus tareas.

Enoc guardó silencio, y, durante unos instantes, nadie dijo nada. Aunque allí dentro la temperatura era cálida, Angélica podía sentir el aleteo de la brisa en las grandiosas cristaleras. Los miembros de la Asamblea tenían los ojos fijos en su figura, pero ella no podía apartar la vista del serafín. Nunca hasta entonces había sido tan consciente de la relevancia de su poder ni del brillo regio que desprendían sus alas.

—No son pocas tus cualidades, Angélica, al igual que tampoco lo han sido las ocasiones en que nuestro querido hermano Gabriel nos ha hablado de ellas.

Y Angélica le estaba infinitamente agradecida por ello. De no haber sido por su gemelo...

Contuvo un escalofrío. De no haber sido por él, no era capaz de imaginar dónde y en qué deplorable situación se encontraría ahora.

—Tienes suerte de contar con un apoyo como el suyo —le recordó Enoc, aunque ella ya lo tenía muy presente—. Ni en tus sueños hallarías un ángel de la guarda mejor.

Un murmullo de diversión se extendió por la sala.

—Por ello, amada Angélica, esta Asamblea ha decidido recompensar tu dedicación y tu buen hacer. Queremos brindarte la oportunidad que mereces, y también creemos que no hay nadie más valioso que tú para el asunto que nos ocupa —Enoc realizó una pausa dramática—. Enhorabuena, tu próxima misión será en la Tierra.

De no haber estado tan estupefacta, Angélica probablemente hubiese roto a llorar. Desde luego, si había existido un momento en sus más de seis mil años de existencia para hacerlo, era ése. Las palabras de Enoc reverberaron en su cabeza.

Una misión en la Tierra era el premio más prestigioso y apreciado para los de su especie. Tanto, que rara vez esa oportunidad le era concedida a un ángel femenino. Ella misma no había tenido nunca la oportunidad de viajar en solitario; sus visitas a la Tierra siempre habían sido como acompañante de Gabriel en alguna de sus misiones. Un regalo así sólo podía significar una cosa: sus hermanos confiaban en ella a ciegas.

La emoción burbujeó en su interior. No traicionaría su fe. Les demostraría a todos lo acertado de su decisión, y también se demostraría a sí misma de lo que era capaz. Le habían encomendado un diamante en bruto, robusto pero delicado, y se iba a encargar de pulirlo con tesón y disciplina.

—Angélica, creo que la Asamblea espera que digas algo —la voz risueña de Gabriel la trajo de vuelta a una realidad en la que decenas de ojos la miraban expectantes.

Sus mejillas se ruborizaron cuando se dio cuenta de que llevaba varios minutos quieta y sin decir nada.

—Por supuesto, mis disculpas. Ha sido la impresión del momento —apuntó, radiante—. Conozco muy bien cuál es la tarea que me ha sido asignada y me siento muy honrada por ello. No sé si merezco tanta confianza, pero prometo ante cada uno de los aquí presentes que no la traicionaré.

Enoc dio una palmada.

—Es loable tu modestia, pero ese premio lo has ganado por tus propios méritos. Jamás se nos ocurriría encomendarte una misión de este calibre de no estar seguros de tu éxito —le dirigió una mirada penetrante, una como las que sólo él, el más elevado en la cúspide angélica, tenía la capacidad de dirigir—. Recibirás una nueva misiva con las instrucciones necesarias para tu misión. Ve y satisface nuestras expectativas, hermana.

Angélica supo que la conversación tocaba a su fin. Se inclinó de nuevo, con una alegría y una seguridad en sí misma que habían brillado por su ausencia en la reverencia anterior.

—Gracias por el honor. Eso haré.

—Esta reunión queda disuelta—remarcó el serafín con ademán solemne—. Gracias a todos por asistir.

El salón en pleno prorrumpió en aplausos, y Angélica se sintió la estrella más rutilante del firmamento. Lo que esa misma mañana le había causado temor, se había transformado en un sueño hecho realidad. Tras tantos siglos, tantos milenios intentando escapar de la vergüenza y la culpa, al fin había logrado alcanzar la meta. Su sacrificio había sido recompensado.

Y todo se lo debía a él. Angélica sonrió para sí al ver cómo, a pesar de que el Gran Salón se iba quedando vacío, Gabriel no podía borrar de su rostro una expresión de éxtasis. Cuando se quedaron solos en la estancia, el arcángel descendió de la tarima de un salto y se acercó a ella, preso de la euforia. Aún no la había alcanzado, y Angélica ya estaba girando en el aire entre sus brazos.

—Me siento tan orgulloso de ti —los susurros cayeron en su oído a través de la melena dorada.

Angélica chilló, feliz. Cuando eran pequeños, Gabriel y ella habían estado tan unidos que sus emociones y pensamientos se conectaban de una forma que ninguna ley metafísica hubiese sido capaz de explicar. Podían pasarse horas jugando a atrapar nubes, o entrelazando palabras en lenguas que sólo ellos dos conocían. Después crecieron, y todo cambió. Desde su perspectiva actual, resultaba imposible tratar de ubicar el momento en que todo se torció; aquel ínfimo pero crucial segundo en que sus destinos se separaron. Por suerte, él la había ayudado a encontrar el camino de vuelta.

Se contempló en aquellos ojos, tan idénticos a los suyos, que la miraban llenos de gozo.

—Gracias por todo lo que has hecho por mí —reconoció, conmovida hasta las lágrimas—. No sólo hoy, sino siempre. Desde que...

—Calla, no lo digas —advirtió Gabriel—. Una vez estuviste muy perdida, pero, gracias al Cielo, yo te encontré a tiempo y te rescaté de las zarpas de la confusión. Eso es todo.

Tenía razón. Él siempre la tenía.

Angélica se limitó a asentir, y eso devolvió la sonrisa al hermoso rostro de su hermano. Se dejó envolver por su ternura hasta sentir de nuevo esa calidez familiar que se apoderaba de su pecho cuando él andaba cerca.

—Hoy, delante de todos, te has comportado como lo que eres: una duquesa. La digna hermana de Gabriel —la besó en la frente y, a continuación, agitó ante sus ojos impacientes el sobre que habían ocultado los pliegues de la túnica.

Mordiéndose el labio, Angélica intentó arrancárselo de las manos. No podía esperar para conocer los detalles de su misión.

—Esto es todo lo que debes tener en cuenta antes de partir —precisó él, jubiloso, al tendérselo.

Partir. Algunos verbos sonaban tan bien…

Ella lo sostuvo, lo viró, lo observó y lo volvió a inclinar, pero esta vez no como una bomba en su cuenta atrás, sino como un pastel delicioso al que estaba a punto de hincarle el diente. Lo abrió despacio, intentando prolongar una eternidad aquel momento irrepetible.

Las anotaciones eran escuetas, rápidas, pero cada una de ellas le recordaba la belleza de los brotes en primavera.

Estimada hermana Angélica:
La misión que te ha sido encomendada debe ser realizada sin demora y con la confidencialidad que nuestro trabajo requiere. Un alma extraviada necesita una guía de luz para encontrar de nuevo el camino; tememos consecuencias fatales para ella si este caso no es intervenido a la mayor brevedad. Se trata de Cristian Sellier, joven de buena familia, criado en un pequeño pueblo de Auvernia y residente en París. Ingresó en el seminario sacerdotal hace un par de lustros, pero nunca completó sus estudios y, desde entonces, ha ido poco a poco apartándose del dogma. En los últimos meses, además, creemos que no ha recibido el “asesoramiento” adecuado, y sus compañías dejan mucho que desear. Se le ha visto frecuentando lugares poco decorosos del norte de París, y su consumo cada vez más reiterado de alcohol empieza a resultar preocupante. Debemos actuar antes de que sea tarde, y tú has sido ecuánimemente asignada como su Guardiana. Nuestra fe en ti es absoluta, Angélica. Sabemos que no nos defraudarás en una labor tan relevante.
Es imprescindible que partas muy pronto, a ser posible con el nuevo sol. Gabriel te dará el resto de indicaciones acerca de tu estancia en la Tierra, donde permanecerás como máximo un mes, antes de rendir cuentas de nuevo ante la Asamblea.
Afectuosamente,
S. E. Enoc, Príncipe entre los Serafines de la Primera Esfera.

En el membrete aparecían serigrafiados con finos trazos de oro los blasones de las Tres Esferas, seguidos de la runa emblemática que la señalaba a ella como arcángel de primera línea. Y, unido al papel mediante lacre, el retrato de un joven desaliñado, con aspecto dulce y pusilánime, que identificó como Cristian Sellier.

Angélica inspiró hondo. Replegó la carta con mimo y levantó la vista. Gabriel había guardado silencio durante su lectura y ahora esperaba su reacción con una ceja enarcada.

—¿Y bien? —inquirió, aunque ella intuía que su hermano ya estaba al corriente de todos los pormenores.

—París —se limitó a responder, con un suspiro de ilusión.

Le encantaba París. Había visitado la ciudad varias veces —todas bajo la tutela de su hermano, claro está—, pero, aunque hacía menos de una década de su último viaje a la Tierra, si no recordaba mal, a la capital francesa no había regresado desde hacía por lo menos dos siglos.

—Así es —confirmó el arcángel—. Viajarás mañana mismo y te hospedarás en el convento donde pernoctamos la última vez, ¿lo recuerdas?

Por supuesto que se acordaba. Era frecuente que los Guardianes, en sus viajes al mundo humano, se alojasen en recintos religiosos donde encontraban la calma y la protección que buscaban. El halo bondadoso que despedían, incluso desprovistos de su brillo celestial, solía bastar para que cualquier monasterio o abadía se sintiera halagado con su mera presencia, de tal modo que se esmeraban en ofrecer un buen servicio. Normalmente, cuando las partidas angelicales regresaban al hogar, premiaban a sus anfitriones como correspondía: con salud y buenaventura.

El convento mencionado por su hermano era uno de esos lugares. Se trataba de un priorato en una zona poblada de viñedos, en la orilla izquierda del Sena; cerca de éste, pero lo bastante apartado como para no verse atosigado por el bullicio del centro. El único ruido procedía de las risas de muchachos acaudalados que, desde todos los rincones de Francia, asistían a clases en la flamante Universidad, a menos de una milla del convento. Alojada allí, Angélica se había sentido como en casa, y estaba deseando regresar para espiar, con una pizca de envidia, a los estudiantes cargados de libros que charlaban y reían en las calles empedradas.

—¿Cómo sabré llegar? —le preguntó a su hermano—. Después de tanto tiempo, la ciudad resultará irreconocible.

—No necesitas preocuparte por eso. Detrás de la carta tienes las claves indispensables para el viaje. Una vez allí —el arcángel se encogió de hombros—, deberás arreglártelas sola. Recuerda que durante tu estancia ahí abajo está terminantemente prohibido que hagas uso de tus poderes angélicos.

—¿Todos? —al principio resultaría difícil acostumbrarse a los modos humanos, pero Angélica solía adaptarse rápidamente a los cambios.

—Correcto. No podrás desplazarte a velocidades celestiales, usar la telequinesia, desmaterializarte ni emplear el borrado de recuerdos. Te comunicarás con los demás en francés; nada de emplear otras lenguas, y mucho menos las angelicales. No debes correr ningún riesgo. Si te descubren, nos acarrearás a todos serios problemas —Gabriel se ajustó a la perfección a su rol de instructor. No en vano era la criatura que en más ocasiones había bajado a la Tierra—. Tus procesos fisiológicos se mantendrán constantes, igual que ahora, pero trata de no llamar demasiado la atención, ¿de acuerdo? Una visita a los lavabos de vez en cuando despeja muchas sospechas entre los humanos. ¡Ah! Y recuerda que la temperatura allí abajo varía constantemente, por lo que tendrás que estar preparada. Dora y Celeste —la mención de sus amigas y vecinas de dormitorio le recordó que tendría que despedirse de ellas antes de salir— ya se están encargando de organizar tu equipaje con la ropa adecuada. Y, por supuesto, no hace falta que te diga que tu aura perderá brillo en cuanto comiences a descender, y que tus alas deberán mantenerse siempre ocultas. Si surge cualquier complicación o necesitas ayuda urgente, no dudes en emplear la runa —Gabriel hizo referencia al pequeño tatuaje que lucía en la nuca, esbozado con el símbolo de los arcángeles—. Sólo tú tienes el poder de activarla, pero si llegas a hacerlo podremos ubicarte allí donde estés y acudir en tu auxilio. ¿Lo has entendido todo?

Por toda respuesta, Angélica esbozó una sonrisa condescendiente.

—Te voy a echar de menos, hermano —al parecer, Gabriel aún no había comprendido que ya no era una niña y que perdía el tiempo dándole consejos que conocía tan bien como él.

El arcángel correspondió a su sonrisa.

—Yo también te echaré de menos. Es la primera vez que viajas sola y... Ten mucho cuidado, por favor. Ya sabes a qué me refiero —enfatizó.

Un par de ojos tan azules como el mediodía se clavaron en los suyos.

—Ten siempre presente quién eres —continuó—, y compórtate como tal.

Después, se dio la vuelta y desapareció.

Angélica también se marchó, precipitándose por los pasillos del Alcázar hasta el ala de los arcángeles. Quería dejar todo listo para partir lo antes posible, y aún quedaban muchos cabos por atar.

Cuando giró el picaporte de su dormitorio, todo su ser temblaba de exaltación. Aún no podía creer su buena suerte.

Capítulo II – El Infierno

Tercer Trimestre.
Año 5.900 después de la Caída.

—¿Quieres ver por dónde me paso tus sugerencias, Mod? —la voz, antaño melódica, de Lucifer cayó sobre la pesada tranquilidad de la sala de música como un azulejo roto en diez pedazos, interrumpiendo el glorioso estupor postembriaguez de Asmodeus, Archiduque de la División Oriental del Imperio—. ¿De verdad quieres verlo?

Sus tímpanos resollaron como el pecho de un viejo decrépito. Su cabeza, subida en alguna extraña atracción de feria desde esa mañana, palpitó al unísono.

—No jodas, Luc, coge el puto mando a distancia y bájate el volumen—rogó, con una mano sobre la frente y voz cavernosa.

La vibración de la moqueta le indicó que el Emperador se acercaba, pero ni siquiera entonces se molestó en ladear la cabeza. Allí, tumbado en la estrambótica chaise-longue, tenía unas vistas cojonudas de los frescos del techo, donde un Paolo sonrosado se cepillaba por detrás a una Francesca bien entrada en sus barrocas carnes. Lucifer, la alegría de la huerta, se coló en su campo visual para arruinar la enternecedora imagen pictórica de la bóveda.

—Y levántate de mi sillón —agregó el Emperador, tan cerca de su oído que la frase pareció extenderse por sus meninges como un cortocircuito a través de un tanque de gelatina.

Asmodeus no parpadeó. Sus ojerosas pupilas, enrojecidas por el alcohol y las horas de vigilia, permanecieron clavadas en la boca de Francesca, entreabierta por la lujuria.

—Eres un fetichista amargado.

—Acabarás vomitando sobre el terciopelo.

—No voy a vomitar sobre tu precioso sofá de mierda, cierra el pico de una vez.

Lucifer hizo oídos sordos. Prosiguió con la tediosa labor de abrocharse los botones negros que engalanaban los puños de su camisa; una tarea que el propio Asmodeus había obstaculizado media hora antes, cuando irrumpió en su pacífica y reconfortante sala de música. Apestando a vodka, se había arrastrado hasta desplomarse en la chaise-longue de su querida Marie Antoinette y había pedido a gritos un salvoconducto para viajar a la Tierra.

—Detesto el terciopelo manchado de vómito. Es repulsivo.

—Y yo detesto tu puta paranoia. Déjame en paz.

El Emperador lo miró con socarronería.

—¿Te ofrezco algo de beber?

Asmodeus puso los ojos en blanco. Paolo y Francesca se convirtieron en un borrón abstracto cuando se incorporó con dificultad y apoyó los codos sobre las rodillas. Su pelo rubio, revuelto, caía a ambos lados de la frente como una maraña de paja seca.

—¿Sabes qué, Luc? —rezongó—. Eres un maldito afortunado. Hace exactamente un año, cuatro meses, cinco días, nueve horas y veintidós minutos que yo no me despierto de buen humor. Es más, hace tanto que no tengo un jodido buen despertar que ni siquiera sé si me he ido a dormir en algún momento a lo largo de todo este tiempo.

Lucifer no le prestó atención.

—No aguanto más, Luc—su voz sonaba ridícula y desesperada, pero los residuos del vodka alentaron al Archiduque a seguir adelante—. Me estoy ahogando. Nos estás ahogando a todos. Necesito salir de aquí, respirar ahí fuera. Los días pasan, y cada uno es jodidamente más vacío y deprimente que el anterior. Si pudiese volarme los sesos, te juro que hace mucho que lo hubiese hecho —sus ojos, vidriosos, clamaban a gritos un poco de comprensión—. Por favor, Luc. Si se supone que somos amigos, o algo que se le parezca, detén esto ya. Por favor.

A pesar de su derroche de pueril sinceridad, el Emperador guardó silencio. Asmodeus esperó una respuesta mientras su aturdido cerebro hacía cábalas entre todas las posibilidades.

Luc era un puñetero caos impredecible. Podría apuntar, por ejemplo, que él llevaba mucho más tiempo en las mismas condiciones y que, sin embargo, no se había vuelto tan quejica —o eso se creía él—. También podría comentar, como al descuido, que el hecho de que fuesen amigos no le restaba un ápice de poder sobre un simple Archiduque, y que dejara ya de tocarle las pelotas. O incluso podría, simplemente, aceptar. Dejar que se largara, que hiciera lo que le saliese de los cojones, y ordenarle que no volviera a molestarlo en los próximos tres o cuatro siglos. Pero lo cierto es que no dijo ninguna de aquellas cosas. Prefirió quedarse callado, contemplando de un modo impasible los botones de su camisa, así que la determinación suicida de Asmodeus optó por lanzarle la última granada.

—Yo no soy Astaroth, Luc.

El Emperador pegó un brinco. Le dirigió una mirada llameante.

—No vuelvas a pronunciar ese... —cuando se dio cuenta de lo cerca que había estado de exponerse, su rictus retornó a su acostumbrada pasividad, como una tortuga que se repliega dentro del caparazón sin hacer el más mínimo gesto de rendición—. ¿A qué te refieres?

Asmodeus se puso en pie. Sí, sí, en pie. Tambaleante, y un poco mareado, como si el universo girase a su alrededor con banda sonora incluida. Pero en pie.

—Yo nunca te traicionaría, Luc. Ninguno de nosotros te cambiaría por una zorrita humana, y lo sabes. No lo pagues con los que aún seguimos aquí, a tu lado.

Aunque un rato antes había bromeado al respecto, ahora fue el propio Lucifer quien se sirvió una copa de la bandeja sobre el piano. Bebió con solemnidad y calma, pero sus dedos crispados en torno al vaso hablaban un idioma muy diferente.

—No sabes lo que estás diciendo —dio un segundo trago al licor—. No tienes ni idea.

Por supuesto que lo sabía, no era un maldito imbécil. Aquellos días de marzo, más de un año atrás, nadie podría olvidarlos nunca. El revuelo que había levantado aquella humana endeble y manipuladora, los gritos de Ast en la cámara de torturas, el asfixiante silencio posterior; todo eso era imposible de borrar.

—Él también era mi amigo, Luc. Yo también lo echo de menos; yo también me pregunto cada día por qué demonios se largó, dejándonos tirados como si le importáramos una mierda. Joder, Luc, de haber podido, yo hubiese sido el primero en alzar el látigo y descargar mi rabia contra esa perra —no había tenido ocasión de conocer en persona a la mujer por la que Astaroth los había vendido a todos, pero sí conocía a las arpías de su calaña—. El tiempo se ha ido, y Ast también. En cambio, nosotros seguimos aquí, al pie del cañón.

Nada había vuelto a ser igual después de que el bastardo de Ast se saliera con la suya. Lucifer se había ido enterrando poco a poco en una ampolla de desconfianza y sospechas infundadas y pretendía arrastrarlos a todos con él a esa tumba supurante. Ninguno de los Príncipes había salido del Infierno desde entonces. No importaba cuántos chantajes, artimañas o mentiras idearan; los permisos de Luc para viajar a la Tierra se habían terminado.

Y eso era más de lo que su demoníaca paciencia podía sobrellevar.

Durante un segundo, Asmodeus creyó que el Emperador iba a decir algo. Lo deseó. Borracho como estaba, aún le escocía su dignidad, y podía sentir la minúscula fisura que amenazaba con resquebrajar la impenetrable fachada de Luc. Sin embargo, el segundo pasó, cayó en el olvido, y sus facciones recuperaron su inescrutabilidad.

—Eres tan blandengue que a veces me asustas, Mod —comentó al fin, con una sonrisa de superioridad sabiamente entrenada—. Siempre lo has sido —Asmodeus captó el mensaje al instante, y le dolió como un puñetazo en el cuadrante inferior del escroto—. Regresa a tu palacio y duerme la mona hasta mañana. Tal vez así dejes de decir tonterías.

Fue su gesto, todavía más que sus palabras, lo que encendió su furia. Por una jodida vez, una vez tan sólo en todos esos años, lo único que había esperado era que su amistad de milenios primase por encima de su puto egoísmo. Y el muy cabrón se la había tirado a la cara, escupiendo ácido sobre la estela corrupta de lo que un día habían sido sus emociones.

El Archiduque se dirigió como una tromba de rabia y vodka hacia la puerta. Ni siquiera se molestó en volverse hacia el Emperador antes de salir a trompicones.

—Espero que nunca llegues a arrepentirte de lo lejos que has llevado tu reinado, Robespierre —murmuró con atropello—. Espero que nunca te quedes solo. Porque nadie, y mucho menos tú, me va a impedir hacer lo que me dé la real gana. Hace mucho que dejé de ser un títere manejado por las órdenes de otros.

Después, en los oídos de Lucifer quedó tan sólo el eco de su portazo.

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Acerca de la autora

Biografía

Érika Gael nació en Oviedo en la primavera de 1985, aunque reside en Santa Cruz de Tenerife desde hace algo más de dos años. Las historias de ficción, ajenas y propias, la acompañaron durante toda su infancia, y al llegar a la adolescencia supo que la literatura era un fantasma del que no se podría desprender jamás.

Mientras estudiaba la carrera de Psicología firmó sus dos primeras novelas: Faery, que vería la luz en 2010, y Noche de Mardi Gras, cuya publicación llegó en el invierno de 2013. La reciente Noche de Tentación, segunda parte de la serie Príncipes del Infierno, marca un antes y un después en su trayectoria tras una pausa emocional obligada.